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Ciguapas

El síndrome postmoderno.

El síndrome postmoderno.

Suelo achacarselo a eso, a la estela reseca y apática que ha dejado la postmodernidad. Ese síndrome que se produjo, sobretodo, en el mundo desarrollado, el producto hueco de la complacencia, la sensación frustrante de que se habían tocado los límites de lo perfectible en el ser humano, la muerte de las utopías colectivas, el reino de Narciso. Admiro a aquellos artistas que persiste en su visión "moderna" de la creatividad artistica, la idea de que, en alguna forma, el arte evoluciona, y ven vanguardias en lo que otros vemos tristes colagge, y buscan establecer un precedente nuevo, subidos al lomo de la "tradición de la ruptura" como le llamó Octavio Paz a ese afán de renovación perpetua, de superación de lo anterior, y por tanto, de progreso. El siglo XX aceleró tanto las cosas que parece haberlas licuado, y ahora leer los libros de moda, ir a una exposición es como tomar uno de esos yogourtes dietéticos, tan desolados y planos como un paisaje minimalista.

Suelo pensar que me atrapó ese aire epocal, esa impotencia que se siente cuando somos conscientes de los límites. Nos hemos quedado con la biografía y la subjetividad, la mezcla de tendencias y estilos, con la sensación terrible de que, en algún lugar del mundo, alguien dijo eso que escribimos mucho mejor que nosotros. Somos el calco de alguien.

Doy paseos por la noche invernal madrileña, en la que persisten las lucecitas navideñas y los corrillos de gente en busca de los Reyes Magos. Ando buscando una historia, una humilde historia en el desacreditado oficio de escribir. Todo cuando se me ocurre me parece repetido e inútil.  Empiezo a no conectar con lo que me rodea, a ver aburrido el drama de los adolescentes eternos que me rodean, ahora con 30, 40 años o muchas cirugías estéticas, tan globalizados, tan parecidos a los actores de las series de televisión, con sus dramas anodinos y sus vidas complacientes. Suena a demasiado virtual incluso lo que escucho durante el trayecto de metro, un guión gastado, cosas que he oido en otra parte.

Quizás las lecturas de Lipovetsky y su minuciosa descripción del tiempo que habitamos ("El crepúsculo del deber" o "La era del vacío"), me inhundó el espíritu, me digo, mientras repito: será el espíritu postmoderno, será.

Cecilia Ramis

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