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Ciguapas

¿A DONDE VAN? Cecilia Ramis.

Ella rozaba ya la madurez. El paso del tiempo le parecía un ruido pavoroso en un callejón sombrío a través del cual se iban desgajando los sueños de juventud, la temeridad de la pasión, la sensación de que más adelante hay otra puerta, la esperanza de un nuevo comienzo.


Tenía en los ojos, como anclada, pero ida, casi despidiéndose, una luminosidad fulgurada de asombro. Me fue dado conocer sus objetos queridos. Acuarelas, oleos, máscaras y esculturas, viejas ediciones de Proust o de Joyce, libretos de opera (su tan amada, su sufrida Mimí. Atonales llamaradas de una soprano columpiándose al alba de un aria, voces estridentes y otras llorosas y desgarradas) hermosas sortijas, cartas de amor y fotos. Botellas de vino y corchos. Una flor marchita, lo tangible de su tránsito por el mundo, la huella de su presencia, diseminado su ser entre las cosas queridas porque hablaban de ella tan impúdicamente,  igual que un perfume.
 
Me había avisado que quería enseñarme algo sin adelantarme nada más. Me esperaba una desaforada historia de amor, alguien nuevo que habría entrado para cargar de aire fresco su vida de mujer casada con hijos adolescente, guardiana de un hogar acogedor e impoluto que contrastaba con el desatino de su corazón. Aquel orden era el molde que la sujetaba del caos y del abismo, y cuanto más amenazante lucía el peligro tanto más rigurosos y exquisitos eran los adornos y rincones de su apartamento.
 
Como todos los amantes de la ópera era algo afectada, teatral, dramática, por eso siempre vivía columpiándose en epítetos, hipérboles, adverbios y adjetivos. Parecía como si cada palabra la dijera para ser recordada. Hablaba con la rotundidad de los que temen ser olvidados. De modo que era natural que dejara el asunto para el final, insinuándolo cada tanto.
 
Hicimos un lento recorrido por las habitaciones de la casa. Sus ojos y sus gestos parecían adherirse a aquellos objetos tan amados que ella mostraba como quien retira la tela que cubre su propio retrato. No le daba pavor dejarlos, no verles nunca más, se preguntaba tan sólo su suerte de sobrevivir a su muerte. Cómo y dónde acabará este cuadro, se preguntaba mientras acariciaba el marco y hundía su mirada en las bestias de Barceló. Porque lo que habrá de sobrevivirnos no serán los que nos recuerden, ellos también morirán y con ellos la memoria de sus muertos Muy pocos habrán de sobrevivir al olvido que abandona a los seres ordinarios, no habrá de sobrevivir de generación y generación, como los males, se quedarán deshilachándose, evaporándose en anécdotas vagas hasta extinguirse. Nos sobreviven los objetos, que caerán de herencia en herencia, hasta perder su sabor, su sentido. ¡A dónde irán a parar tantas cosas tan mías!, se decía herida de su finitud. Pero había fulgores en sus ojos y cada objeto formaba parte de ese mundo singular en el que las cosas son una prolongación de un alma que tiembla.
 
Verla era como redimirme del espanto que causa en nosotros nuestra idea de ir envejeciendo también. Ella toda me alentaba la esperanza de que existe la eterna juventud si la pasión se logra conservar llameante.
 
Yo tenía esa sensación de vértigo y regocijo que da la complicidad y que siempre me acompaña cuando la tengo cerca.
 
Quería enseñarme algo espantoso que había llegado a parar a su casa no sé sabe porque misterioso o macabro mecanismo del destino.
 
Hasta que, finalmente, sacó del armario de su habitación un viejo maletín arrugado y de piel oscura y lo colocó encima de la mesa del salón. Entonces fue cuando empezó a hablar del destino de las cosas y todas aquellas palabras antedichas, un preámbulo delicioso que, sin embargo, no hacía más que aumentar mi curiosidad.
 
Podría haber sido uno de los maletines del Doctor Josef Mengele, el siniestro “angel de la muerte”, aquel médico despiadado que queriendo obtener la super raza aria que dominaría el mundo llevó a cabo una carnicería masiva e impune. Podría haber sido una pieza macabra de anticuario. Pero yo pensaba que el más cruel destino de una víctima es su total o relativo anonimato. En aquellos ficheros obsesivos-compulsivos, pulcrísimos, no había un solo nombre. Pero yo creía ver una mirada detrás de cada uno de aquellos iris cristalinos y lindísimos, reducidos a la categoría de piezas de un museo del horror. Petrificada y fría, como la mirada sólida de los peces muertos, la mirada de los iris de todas las tonalidades imaginables no contaban los experimentos sin anestesias, como ahora cuentan los cientos de víctimas que sobrevivientes de los pesados retozos del Doctor de la SS alemana.
 
Lo pensé para mí, de un modo caótico pero concentrado. Quise saber el nombre del dueño del maletín, saber si todavía estaba vivo, escondido. Es posible que llegara a preguntárselo de forma directa, pero, de algún modo, ella había aceptado un pacto de silencio, así fuera tan solo para mantener el misterio.
 
Toqué las hebras de cabellos de distintos colores, cuidadosamente sujetadas y clasificadas con extraños y extensos códigos con los que el Dr. X  intentaba descubrir la forma de alcanzar la perfección de la raza aria. Me costaba creer la idea de que pudiera existir realmente algún tipo de utilidad cuando la humanidad desecha lo imperfecto. Era una forma de reducirnos a la biología. Pero más allá de la indignación moral que aquello me causaba, estaba la cuchillada del eco de voces, gritos, llantos de seres hambrientos, raquíticos, moribundos, el espanto de un destino usurpado, la inutilidad de la evidencia de aquel horror que yo tocaba con las manos.
 
Hablamos del espanto, del sobrecogimiento, solo que ella iba más allá de la historia, y, por algún extraña asociación, logró concatenar aquella sensación con la suya propia, la de que sus objetos eran como hebras de cabellos, trozo de su piel, por cuanto contaban de sus querencias, por ser testigos silentes de una existencia que se iba extinguiendo sin remedio.
 
Ella continuó hablando del paso del tiempo mientras yo miraba la sombra de los años, el egoísmo que trae la vejez sin evitar preguntarme qué pasaría con todos mis objetos acumulados. Los imaginé a todos juntos en el naufragio del tiempo, como reliquias arqueológicas ya sin nombre.
 

Tuve ganas de llorar mientras ella seguía hablando de sus cosas. No eran ganas de retener ni de acumular. Era, lo sabíamos las dos,  la irrenunciable necesidad de perdurar.

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