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LAS DOS ORILLAS . Cecilia Ramis

LAS DOS ORILLAS . Cecilia Ramis

 TORMENTOS  (Fragmento)

¿Soy demasiado consciente de la realidad, y los demás viven en un sueño de idiotas del que no quieren despertar (cosa que no les reprocho), o soy yo el estúpido que cree ver demasiado,sin ver nada?.
Sea cual sea la respuesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausencia, como si nunca hubiera estado.
Y de esa manera, sentir la ilusión de no haber existido nunca.

Silogismo de la amargura. Emile Ciorán.    

EVOCANDO A CIORÁN 

Hay días en los que el bombardeo de los medios de comunicación, con su cacofonía demencial, parece como si nos hablara de extrañas confabulaciones que dan lugar a todo tipo de especulaciones  a las que no le faltan contenidos teológicos o metafísicos. El Líbano vuelve a arder bajo la implacable ira de un Israel herido y un Irán que, junto con otros países del mediano oriente, buscan su recolocación en el equilibrio extraño y paradójico que algunos llaman geopolítica. Pero al mismo tiempo los nicaragüenses se pelean con los ticos, acusándose como los haitianos acusan a los dominicanos, asustados por la avalancha de una inmigración que resulta imparable en todas partes del mundo, de una parte de la humanidad cansada de aguantar la exclusión. Mientras, los salvadoreños amagan viejos hábitos que despiertan fantasmas de sangre y odio. Irak arde, igual que el Líbano, ante la torpe, por no decir estúpida, política exterior del ciudadano Bush. Los franceses están hartos, y al mismo tiempo los jóvenes de los barrios marginales hacen arden los tugurios en los que crece el veneno del resentimiento social de los barrios periféricos de París, el caldo de cultivo de la violencia. 

¿Qué está pasando en el mundo? digo sin evitar una especie de susto que sabe a apocalipsis, a trompetas que tocan los siete jinetes, a relinchar de caballos de arcángeles malditos, a Nostradamus, a todas esas historias aterradoras que la humanidad se ha desde contado siempre y de mil modos y que hablan de su final, de su autoexterminio. 

En una tertulia apasionada en casa de una viaja amiga, al calor del vino tinto manchego y del penetrante sabor de sus quesos, alguien preguntó qué podíamos hacer. Se refería, claro, a aquellos que sin formar ninguna agrupación sabemos que tenemos una forma compartida de ver el mundo y de vivir en él. Valores que parecen nostalgias o reliquias inútiles en un mundo desesperado y con prisas. 

Tras mi acostumbrado soliloquio sobre la postmodernidad y las consecuencias de la destrucción de todo un sistema de valores, al que no acabamos de verle reemplazo, aunque lo haya, respondí desde mi acostumbrado escepticismo. Nada, le dije, creo que es tarde, me temo. Sabiendo que se trataba de un elegante ejercicio de la impotencia. 

Todo tiene sabor a final algunas veces, sobretodo cuando se abren los periódicos o se enciende el televisor y todo es odio. La sociedad reproduce su violencia, bajo sordina, a través de la calumnia, el chisme, la trampa, la insinceridad, la insensatez, la carroñería en la que se convierte la relación con el otro, nuestro rival inevitable en una huida hacia ninguna parte. 

Es inevitable evocar a Ciorán, maldecir la obra de descontrucción que empezó con Nietzche y que acabó con todo asomo de certeza.  Filósofos que otrora fueran malditos y que ahora parecen resurgir con aires de profetas. La lucidez siempre acaba haciendo daño. Darnos cuenta de la exterminación de que todo lo que nos permitió edificar aquella civilización que nos contaron que algún día alcanzaríamos y que la publicidad barata del neoliberalismo nos la hizo creer a mediados de los noventa, la época rosa, la época de Clinton, se ha evaporado como en un trupo de magia.  Esto, más que una ironía parece una broma pesada de Dios. ¡Puede haber un espectáculo más cruel, más dramático y al mismo tiempo más patético!. El proyecto del superhombre, que a su modo edificó la sociedad moderna, la promesa de los liberales, la idea de que el ser humano podía reconstruirse desde lo social para ser mejor, parece haber muerto.

 No me gusta nada de lo que veo y leo y siento la aspereza de la relación con el otro, cada vez más amenazante por impredecible. Se nos mueven los valores, se nos cambian los hábitos, vivimos el peso de un sistema que ha dejado de prometer el bienestar para pasar a tutelar a unos ciudadanos que son tratados como niños al que hay que castigar y hacerlos que aprendan a comportarse.  Escribo en medio de ese barril sin fondo que es el ciberespacio, en el que todos estamos y todos somos ignorados. La atmósfera se carga de repente de un sopor que sabe a Cioran, a sus momentos amargos, a la desolación de un Pessoa siempre travestido, siempre otro, en su Libro del Desasosiego.

Tiene aire a tragedia griega, a profunda melancolía a la que es difícil sacarle resplandor estético. Ha muerto la ingenuidad, quise decirle a mi amiga. Es el tiempo del espectáculo, contestó ella, leyendo luego fragmentos de Guy Devorad. ¿Por qué al mismo tiempo que siento esto que digo, hay una parte de mí que parece impenetrable e incrédula? Nos han convertido la realidad en un espectáculo y quizás por ello se me haga ahora tan difícil distinguirla.

 

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