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Ciguapas

LAS DOS ORILLAS. Cuando las culturas chocan.


 

No voy a hablarles de las famosas y especulativas tesis de Huntington, expuesta en su libro “El choque de civilizaciones”. No suelo confiar en los intelectuales con aires de profetas. Voy a referirme a algo más personal, más privado y puede que más intrascendente.


Uno de los encantos del Madrid del siglo XXI es su aire multicultural, parecido a Londres y otras capitales europeas y que dotan a la ciudad de un aire de modernidad y mestizaje que coexiste con esa magia decadentista en ocasiones, que se siente en los bares, edificios y calles.
 
Pero a veces el encuentro con otras culturas puede llegar a ser brusco y desagradable.
 
Salí del metro, un día de estos invernales y de radiante sol, muy de mañana. Cruzaba la calle conversando alegremente con un amigo con quien me encontré por casualidad a la salida de la estación. Mi cultura latina no limita el sentido de la vista y como cualquier italiana, argentina o dominicana suelo mirar a la cara de la gente, algo que sin duda puede resulta invasivo si se quiere, para un inglés quizás, con sus compulsivos sorry a toda hora, pero que me permite inventar historias, como si el asombro o la sorpresa pudiera revelármelo un rostro. De repente mi amigo y yo escuchamos gritos a nuestras espaldas. Mi primera reacción fue de confusión, no sabía si era a mí a quien gritaba. La expresión de su cara era de desprecio. Pero no se trataba de un ermitaño misógino. Decía que yo era mujer y que por lo tanto no podía  mirarlo.
 
Pensé, por un momento, seguir mi camino y olvidarlo, pero en realidad me planté en la acera mirándolo aún más y diciéndole: “yo miro a quien yo quiera”. Era un dialogo de sordos el de mis ojos, cada vez más insolentes, y el español  con que se expresaba. No quería consentirle su desprecio, su manera discriminatoria de tratarme. El hecho de que fuese musulmán o árabe no le concedía ese derecho. Mientras estaba ahí plantada, con la dignidad inyectada en la sangre, ciudadana común inserta en la masa, mi argumento era el de que estábamos en España, país democrático, abierto, en el que mirar es un deporte, aunque persista ese rubor, por demás tan elegante, de apartar los ojos cuando se produce el encuentro y somos descubiertos en ese voyerismo delicioso. Qué regía entonces el marco de convivencia ¿su condición cultural o la condición cultural del lugar en el que se está? Las cosas no están nada claras y las posturas son diversas.
 
¿Había sido yo acaso la intolerante al no entender que en su cultura yo era un  miembro inferior? ¿Era él el intolerante al pretender coaccionar la libre circulación de mi mirada? Ante el dilema, mi amigo, de espaldas anchas y alta estatura, quiso zanjar el asunto erigiéndose como mi protector. Le dijo que siguiera su camino y me convenció de que siguiera el mío.
 
El asunto es peliagudo, sin duda. Sin embargo, conviene hacer entender que para que exista la tolerancia verdadera debe de aceptarse un marco común, como el que delimitan los Derechos Humanos, por ejemplo. De otra manera tendríamos que pensar que la ablación del clítoris o incluso  la lapidación, no son otra cosa que manifestaciones culturales.
 
La migración, como fenómeno universal y masivo en la actualidad, nos enfrentara cada vez más a menudo a dilemas como éste. No es que se trate del anunciado choque de civilizaciones, pero si desencuentros entre culturas que los estados de acogida tendrán que aprender a regular, como así hacen con otros conflictos de naturaleza social o económica.
 
De ese modo hablar de dialogo entre civilizaciones, y repensar la forma de relacionarnos entre culturas, es una obligada reflexión a la luz de los cambios radicales que va experimentando nuestro mundo.

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