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LAS DOS ORILLAS

LAS DOS ORILLAS

Ratzinger y el choque de civilizaciones

Cecilia Ramis 

 Las desafortunadas declaraciones del Papa Benedicto XVI, ese que todavía muchos ven como usurpador del trono del anterior, han vuelto a desatar el debate sobre la profecía de Huntington acerca del choque de civilizaciones. Sobre el tema hay opiniones para todos los gustos. Desde los que justifican la ira indiscriminada de los radicales islamistas al concebirla como la purga  de una culpa de Occidente, de cada ciudadano, sea o no partidario de la política exterior que se sigue hacia el Mediano Oriente, hasta aquellos que se ponen en pie de guerra y consideran necesario un fulminante contraataque de los occidentales ante la rebelión musulmana. Si hay algo que han admitido las llamadas ciencias sociales, es que no son posibles los determinismos a priori, sobretodo a la hora de analizar los hechos, y mucho menos cuando estos mantienen la efervescencia de la actualidad, de lo inmediato. Sin embargo, ambas posturas, una simplista y justificativa y la otra arrogante y medieval, son deterministas. Las palabras del Papa,extraidas de su lección magistral en la Universidad de Ratisbona, desvelan su verdadero rostro. Al fin y al cabo su carrera eclesiástica creció en la universidad y, sobretodo,  dentro del órgano inquisidor de la Iglesia, la Congregación para la Doctrina de la Fe. Se le fue en su discurso un tufillo de pretendida superioridad cultural y, lo que es peor, religiosa, que recuerda a viejas discusiones apasionadas e irracionales de la época de los cruzados. No tienen nada de nuevo. Es el viejo pleito, sublimado en la modernidad, entre las tres religiones monoteístas, que vuelve a resurgir a pesar del exquisito esfuerzo hecho por Juan Pablo II y su audaz diplomacia. Pero al tiempo que revelan la ortodoxia de un teólogo  enemigo de los relativismos filosóficos (sustrato de la occidentalidad, tal y como la entendemos hoy), desvelan la torpeza política de un líder religioso que ha ignorado su tiempo y las consecuencias del cambio abrupto de la modernidad y la postmodernidad. No quiere conservar, sino restaurar lo antiguo.  Por eso no es un conservador, como Juan Pablo II, sino un reaccionario. Sin embargo, el hecho parece trascender la mera torpeza del Obispo de Roma. Viene a golpear una zona de una hipersensibilidad inquietante. Algo pasa en las sociedades musulmanas, algo que parece irracional y agitado por un infalible sistema de propaganda política (y no meramente religiosa). Un sistema que recuerda, en sus efectos sobre la voluntad y la conciencia de grandes colectivos, la propaganda del partido Nazi, tan hábilmente dirigida por Goebbels. Solo que carece de la sofisticada maquinaria propagandística de Hitler, viaja a través de internet, utilizando la modernidad para negarla. Es fácil caer de allí a la paranoia de pensar que hay una mano que mece la cuna, que tiene agarrados los hilos de una conspiración bien orquestada contra Occidente, tal y como a veces parecen concebirlo Busch, y su telonero español, José María Aznar. Lo cierto es que, al parecer, esa rebelión, que parece uniforme, se construye de un modo aleaotorio pero interconectado, una especie de red que se teje al modo en que se imbrican los hilos del  movimiento islamista radical que encuentran en el fascismo teocrático su mayor semejanza . La pregunta que me parece esencial en todo este debate es la misma que se hicieron los neoyorquinos tras el 11 de septiembre. ¿Por qué nos odian tanto? Porque tanta gente de repente empieza a comportarse como holigans tras la derrota de su equipo en un mundial? Oriente Medio está resentido, tremendamente resentido. Las razones seguramente son muchas y complejas, y no creo que una teoría pueda descifrar la totalidad de unas dinámicas sociales que se agravan a una velocidad alarmante.  Yo me quedo con esa pregunta, y aventuro una respuesta parcial. Me quedo con el sentimiento de odio, que traduce un resentimiento. Aunque ese odio, es  bueno decirlo de entrada, no tenga su origen exclusivo en el comportamiento de Occidente hacia ellos. Cuando estamos ante el resentimiento nos dejamos dominar por el enorme rechazo que produce la rebeldía adolescente de ese ser poseído por sentimientos de destrucción y venganza.   La yihad y su manifestación suicida y terrorista, parece, a los ojos occidentales (no puedo remediar esa limitación) la manifestación de una patología colectiva. Y al decir colectiva no implica concebir que todos los musulmanes, sean árabes o no, la padezcan. Afortunadamente aún se trata de focos localizados, pero cuyo espectro va ampliándose en la medida en que alguien se resiente una herida que, por alguna razón, no cesa de supurar. ¿Por qué está tan herido el medianoriente? ¿Qué tiene que ver Occidente en ello?  Reaccionan como humillados y ofendidos, y por eso exhiben un superyo teocrático que no se limita a reivindicar su derecho, sino que lo hace desde una pretendida superioridad que recuerda mucho el mito de pueblo elegido que articula a la comunidad judía y su sustrato cultural y cuya prevalencia discursiva o ideológica revela el fracaso de sus élites políticas. ¿No les recuerda todo esto al llamado trauma alemán? Aquel pueblo que vivió su derrota y la humillación que supuso para ellos el Tratado de Versalles. Aquel que fue calificado como el único culpable de una contienda mundial que mostró el lado más destructor del ser humano. Los especialistas en patologías colectivas (Fromm a la cabeza), analizan aquellos hechos desde la emocionalidad colectiva, y al hacerlo advierten que el odio alimentado en el corazón de muchos alemanes, o germanos a secas,  tuvo mucho que ver con la torpeza (por no decir, arrogancia) de unas potencias a la hora de pactar la paz, tra la I Guerra Mundial. Los abusos de poder, a la larga, acaban pasando factura. Una torpeza que se conjugó con la mediocridad de los líderes que fracasaron en la Revolución de 1918, fracaso que revivió el pueblo alemán con la quiebra de la República de Wiemar.  De la debilidad de ese yo colectivo nace la vulnerabilidad de los pueblos que fácilmente buscan el alivio de ese dolor, por demás innecesario, en un mesías populista, encarnación de un Dios con su dogma y su doctrina.  Ver las cosas desde ese punto de vista tiene la ventaja de acercarse a las complejas sociedades islamistas, reconociendolas iguales a las nuestras, en los sentimientos individuales y colectivos. Que su manifestación cultural sea distinta no deslegitima su semejanza primigenia. ¿Acaso no hemos aprendido nada del drama alemán? De la larga y cruel pesadilla de las dos Guerras Mundiales, de las hambrunas y crímenes propiciados por fanatismos políticos, dogmas de fe con rostros humanos. No estoy muy segura de la idea que funda la modernidad, que no es otra de que el ser humano, el mundo, avanza siempre hacia un mejor camino. Que la evolución trae consigo la superación. En su emocionalidad colectiva el ser humano sigue reproduciendo su misma irracionalidad. Los políticos y mercaderes se ceban en esa debilidad y crean malabarismos para sacarle provecho a esa debilidad humana que algunos llaman inconsciente. Y por eso veo siempre el riesgo latente de que, al igual que lo pensaba Merphis y la genialidad pesimista de sus leyes, de que vayamos a peor.  ¿De qué forma se humilla a Oriente? Como ha ocurrido en otras ocasiones, las políticas practicadas por quienes nos representan, acaban siendo achacadas a sus pueblos. Oriente Medio es, entre otras muchas cosas, el efecto colateral de una guerra que inició otro pueblo humillado por la contienda, arbitrariamente dividido, mutilado, señalado como el gran culpable de los males occidentales, el Imperio Austrohúgaro dominada por el Káiser. El chivo espiatorio de otras muchas culpas. ¿Acaso Irak, Palestina, Líbano, el mismo Irán no han sufrido en carne propia los desmanes de unos Estados imperiales que parten de su superioridad cultural y que arbitrariamente han segmentado territorios, quitado y puesto gobiernos, atacaso y hasta debastado ciudades y pueblos, en nombre de sus intereses? Lo malo del relativismo filosófico que tanto teme y odia el ex Cardenal Ratzinger  es que no permite la división del mundo en superiores e inferiores, buenos o malos. Nos ofrece dinámicas diferentes, huye de lo categórico, de lo absoluto, vuelve circunstancial y opinable cualquier postura. Nos deja desnudos, sin certezas fabricadas. Ante esa intemperie es casi natural que resulte amenazante la solidez que muestran culturas más milenarias, cuya articulación colectiva se  cimenta cada vez más en la religión. Al parecer, el remedio que le ve Ratzinger al asunto es el de reforzar la autoestima de Occidente, mediante la vuelta a un catolicismo cohersitivo de la libertad conquistada, y en eso se parece a los neocoms. Reestrablecer reglas que eliminen esa inquietante tendencia Occidental a cuestionarlo todo, desde la autonomía de una ciencia sin Dios. El mensaje más importante del discurso de Benedicto XVI no fue hacia los mahometanos, sino hacia un Occidente que se encuentra enfrentado a una amenaza que no viene de fuera, sino de dentro, que al igual que en los tiempos de las Cruzadas, eligen un enemigo y disfrazan la meta del poder y la dominación de una supuesta autodefensa.  En el llamado choque de civilización se esconde la decadencia de dos culturas. Al parecer no la racionalista a la que apela Ratzinger desde un dogmatismo religioso que lo desmiente. Occidente está enfrente de sus paradojas y contradicciones. Está asustado ante una tendencia migratoria que, a la inverse que en siglos pasados, traen a los pobres a los territorios ricos, en su huida desesperada de la miseria, encarnando a sus ojos a los nuevos barbaros pasivos. Las calles de París, Londres o Berlín, muestran el cambio imparable de una sociedad que se hace cada vez más mestiza. Y eso es, a mi modo de ver, lo que levita detrás de este debate que a cada rato resurge. Nos han cambiado el tablero y no sabemos que ficha mover. Los efectos colaterales vienen ahora de allí, y no a la inversa. Las reglas del juego parecen empezar a ser otras. Por eso no es de extrañar que resurjan los profetas y aquellos que creen que la vuelta a lo absoluto es la solución no a una desgracia, sino a un mundo que muta a una velocidad desconcertante, que enseña las visceras de sus múltiples paradojas, tan humanas por lo demás.  Lejos de encontrar una respuesta, acabo estas notas con más preguntas que las que encontré. Sólo que, en mi caso, he abandonado toda pretensión totalitaria, y sé que todo cuanto digamos todos acabará siendo parcial o fragmentario.  Pertenezco, eso si que lo tengo claro, a esa estirpe de relativistas que tanto irrita al Papa.

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