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Ciguapas

LAS DOS ORILLAS: Cecilia Ramis

SERIE VECINDARIO:  

1. Lo que rescata el olvido  

Yo no sé si es la vida o es la forma de mirarla, pero hay días en los que lo anodino, aquello que vemos desprovisto de asombro, enseña su través, y el corazón del mundo y sus personajes parecen transparentes y los sentimos latir  llenos de significado. Y no es que haya ocurrido nada, sino que esa nada que ocurre cobra otra dimensión, quizás porque tenemos buen humor, quizás porque, a pesar de las resistencias y los trucos, se lleva un Bartleby dentro, que como aquel de Merville, no para de repetir preferiría no hacerlo. 

Digo todo esto por mi vecino. Es curioso, estamos puerta con puerta y como tengo cierta alergia al rapto de nuestra privacidad que hacen nuestros vecinos, (suelo mirarlos con cordialidad pero con desconfianza e incluso a veces con desagrado, como las termitas, amontonados en las grandes ciudades a cambio de oír los ronquidos, orgasmos o escupitajos de seres ajenos) no había reparado en él. No sé por qué precisamente esa mañana, y desde entonces para siempre, me fije en algo que ya venía pasando todos los días desde que me instalé de nuevo en Madrid. Meto la llave en la cerradura, abro la puerta y lo primero que me encuentro es con la cara de Don Luis, semiescondida entre la puerta entornada, que abre de par en par nada más verme. Va de traje, como todas las mañanas, planchadísimo, pulcro y caballeroso, con un bastón en una mano y una gorra a cuadros puesta con elegancia en su cabeza cana. Tiene ochenta y tantos y vive solo. Don Luis se viste para salir a ninguna parte, según compruebo con los días. Parecería, digo esa mañana, que se viste para mí. 

Las ciudades europeas parecen cada vez más un gran auspicio en el que reina la indolencia y la decrepitud. Tanta soledad les vuelve hoscos, tramposos en las colas de los mercados, pero Don Luis no. Advierto un sentido de la dignidad que en el común de los mayores tiene a veces un rechín a resentimiento y que en Don Luis es una clase de pudor que lo mantiene erguido. Desde esa mañana empecé a investigar la vida de Don Luis, no tanto para escribir una historia sino para entender el misterio de su saludo mañanero. Siempre dice que esperará un rato para salir a dar un paseo, y se disculpa al tiempo que saluda, sujetándose la gorra y quitándosela si me atrevo a ponerle conversación. Pero no saldrá. No lo hará hasta que acuda su hijo a buscarlo, apresurado entre el trabajo, los niños, los atascos de Madrid, la pena honda de un padre solo y viudo que al perder a su compañera, hace apenas 6 años, perdió también la memoria. 

¡Qué cosas tan curiosas rescata de nosotros el olvido! dije de pronto esa mañana en que la vida era algo más que la vida, y sus mensajes ignorados se abrían como lo hacen los códigos secretos. Como si todo tuviera de repente un sentido hirientemente estético. Como si algo nos hubiésemos salvado de la vulgaridad de lo anodino. El apenas se acuerda de que se llama  Don Luis, de que se le tiene terminantemente prohibido salir a la calle, y por eso obediente apenas la abre para decirme adiós. Y sin embargo, sabe ponerse la corbata igual que antaño, usa sus sacos de drill, lustras sus zapatos como cuando era un cartero y pateaba de punta a punta los barrios de Madrid. Conserva, según las lenguas de las vecinas, aquel aire señorial que tanto le distinguía y que el olvido se resiste a borrar. 

Todo empezó en una mañana en la vida me dejó ver su otro lado, sin que supiera entonces ni ahora qué extraño mecanismo transforma la realidad que vemos en algo que de algún modo la supera. Solo sé que, tras el saludo que le devuelvo cada mañana a Don Luis recuerdo siempre aquello que un día dijo Dostoievski a una joven escritora que se le acercó en busca de consejo: “tome lo que la vida misma le ofrece. ¡La vida es infinitamente más rica que nuestras invenciones! No existe imaginación que nos proporcione lo que a veces da la vida más corriente y vulgar…”

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