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01/08/2006
LAS DOS ORILLAS. Cecilia Ramis

APUNTES SOBRE LA BANALIZACIÓN DEL ARTE
En esta era del espectáculo, no es de extrañar que los artistas se conozcan más por su biografía o por la invención de mitos y mentiras propios del cotilleo y la farándula. Me he encontrado con lectores fervientes de vidas ajenas que van desde Colette, Virginia Woolf, Picasso, hasta abarcar la vida de estrellas de Hollywood o de diseñadores famosos. De esa obsesión por lo privado, por las apariencias e intimidades de las vidas y no de las obras de los pintores, escritores, actores, entre otros artistas, están llenas las estanterías de los happybooks y otro tipo de escaparates más publicitarios que culturales. Lectores que citan, con precisión, todos los nombres que componían el grupo de Bloomsbury, retablo de peregrinación y de snobismos renovados, suelen ser los mismos que cuentan cómo James Joyce perdió los dientes o como Thomas Mann reprimía su homosexualidad y otras clases de citas que a veces nos llevan a los sótanos menos decorosos, por privados, de la vida de alguien, aunque en sociedad bien viene tener estas citas a mano si queremos resultar ingeniosos. Y otras veces nos enseñan, con el impudor que tiene el mal gusto, vidas miserables, tan anodinas como la nuestra, o tan oscuras y tenebrosas como podrían resultarnos las vidas de Céline o de Heidegger. Es cierto que no se llega a apreciar (al menos analíticamente) algunas obras en toda su profundidad sin conocer la vida de quien así las creó. La heterodoxia de Da Vinci, ahora tan de moda, explica gran parte del enigma de sus cuadros. De igual modo resulta estimulante conocer los meandros mentales de Virginia Woolf y el modo en que ello es perceptible en su prosa, a través de alteraciones lingüísticas que son el sello distintivo de su rompedor estilo. Pero suelo desconfiar de aquellos que prefieren la vida a la obra. Me parece un decoroso reemplazo de la prensa del corazón por cotilleos que recuerdan las cortes europeas en el soporífero mundo aristocrático decadentista, que tan magistral y obsesivamente describe Marcel Proust en su obra maestra, En busca del tiempo perdido. El caso es que, poco a poco, la gente tiende a saber más las anécdotas que la historia, y desde luego ya no consideran necesario “soportar” la lentitud descriptiva de Proust, o descubrir las múltiples dimensiones lúdicas que nos propone Cortázar. No cabe duda que cuando la inteligencia se deja ganar por el morbo, o lo que es peor, por la pereza, el resultado es una seudocultura que, al parecer, mantiene complacidos y entretenidos a esos que la actriz española Chuz Lampere, en una peli de Almodóvar, llamó, con tanta gracia, “los masamedia”.
24/08/2006
LAS DOS ORILLAS. Cecilia Ramis
ADIOS A PLUTÓN Dice el saber popular que cuando empezamos a llamar ruido a la música que escuchamos es que nos estamos haciendo viejos. Puede que tengan razón y yo haya pasado a formar parte de esa fila, pero en cualquier caso lo que está claro es que nos está costando a algunos digerir algunos cambios que parecen tener el poder de volver nostalgia todo aquello que ha sido nuestro sistema referencial, o lo que quizás resulte más rebuscado de decir, el saber establecido. Mientras los astrónomos debatían en Paris las características que debe de tener un planeta para ser considerado tal, y otras más para que sea del sistema solar, yo pensaba en la suerte de Plutón. A mí siempre me pareció Plutón un planeta tierno, a pesar de que ya los libros escolares advertían que se trataba de un plante frío. Tan redondín y pintadito de verde o azul en los mapas, venía a culminar la lista como un punto final que cierra un círculo. Me los aprendí todos, seguidos, como las conjunciones, las preposiciones, las partes del cuerpo humano, miles de conceptos y clasificaciones que nos hacían repetir de manera cansina sin que entonces le encontráramos ningún sentido a esa tortura nemotécnica. A estas horas la comisión reunida ha decretado la expulsión de Plutón de nuestro sistema y durante un buen rato no me pude explicar la ridícula congoja que sentí. Fue como si de repente hubieran cogido una goma y, sin permiso de nadie, esos sabios enrevesados de mirada perdida hubiesen borrado no un concepto sino una parte de mi infancia. Puede parecer algo tonto, y quizás lo sea en el fondo (como tonto es ese pavor que el ser humano siente ante los cambios) pero no es la primera vez que siento ese hurto. Al fin y al cabo son la unión de muchas cosas como ésta la que hacen que sintamos que somos de una época. Que sepa que ese síndrome de desorientación lo tuvieron ya quienes inauguraron el siglo XX, no hace que aminore mi pesar. A nadie le gustan las ceremonias del adiós. ¿Cuántas cosas más les queda por quitarnos? Me digo como si pudiera estar hablando con mis vecinos de pupitre, mientras pienso en Plutón y las tantas otras cosas que nos quedan por despedir y, lo que quizás en el fondo sea lo que levita detrás de mi congoja, por venir.

