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03/07/2006

Las dos orillas. Cecilia Ramis

EL REEMPLAZO

Un entrañable amigo, escritor e intelectual dominicano de cuyo juicio crítico me fío, me dijo al volver recientemente de la República Dominicana que los intelectuales habían sido sustituidos por los periodistas. Llevo 13 años fuera de allí y debo de reconocer que mi idea de la sociedad dominicana tiene mucho de virtual y de fragmentaria. Pero un vistazo por las secciones editoriales de los diarios de circulación nacional, nos da una buena idea de la banalidad y la superficialidad con la que se abordan los temas que preocupan a la sociedad.

Lo lamentable del hecho es que no se trata de un fenómeno circunscrito al mundo cultural dominicano, aunque su impacto sea mucho más preocupante, dado que prácticamente no existe rescoldo alguno en el que el reemplazo del pensamiento sobre el comentario no se haya producido.

Una opinión la tiene cualquiera, pero no todos pueden contextualizar lo que opinan y mucho menos sustentarlo. Lo que no solo convierte el hecho en una simple lucha entre pretendidos rivales, sino en algo de mayor calado. La excesiva simplificación y esloganización (perdonenme el invento) del pensamiento se produce siempre desde la palabra escrita o hablada, desde el lenguaje. Primero vemos una pobreza expresiva, que no la llenan las adjetivaciones huecas de las que hacen gala nuestros comentarístas y contertulios de radio y/o televisión, y luego molesta la insolencia impúdica de pretenderse todologos, capaces de opinar sobre lo que sea y de sentar cátedra.

Todo atenta contra la inteligencia, al menos así me parece cuando doy un breve repaso por periódicos electrónicos, libros que se convierten en bettseller y transforman en sabios y nuevos gurú de la seudocultura a escritores tan mediocres como Paulo Coelho y su Alquimista (verdadera bazofia literaria) o El mundo de Sofía, Jostein Gaarder.

La tradición occidental, aquello que Harold Bloom, al venerarla, denomina cannon occidental, no puede ser reducida a una papilla como así proponen los nuevos genios editoriales. Y no se trata de que la humanidad se pierda del placer que produce el saber, esa necesidad que algunos asumimos como ontológica, la búsqueda de sentido, de lo trascendente. Es que ese reemplazo es una forma de reduccionismo que resulta peligrosa en la medida en que  hace aún más manejable a su manso auditorio, ovejas sometidas a un sistema que solo busca vender.

Que los intelectuales estén siendo sustituidos por los periodistas, es como contratar al yesero cuando necesitamos un  escultor. Y lo triste no es la mediocridad como culto, la facilidad como aspiración, la simplificación como meta, ni siquiera que los intelectuales dominicanos tengan ahora menos probabilidad de ganarse la vida sin transigir con la avalancha imparable de sus pretendidos rivales, los dilatantes a lo sumo bien informados, que no debe confundirse con bien formados. Lo lamentable es que de paso, de tanto licuar, estamos triturando el futuro, enseñando a una generación, ya de por sí perezosa y amoral, a destruir los cimientos de su propio ser y a hacer culto a la estulticie.

No digo que no haya pensamiento en el periodismo, e incluso logros estéticos que nadie puede negar, pero su quehacer versa sobre el devenir, el momento presente, de ahí que escape al rigor e incluso a la imparcialidad. No puede haber aquello que el conocimiento exige, que no es otra cosa que la perspectiva. Nos vamos quedamos, entonces, sin perspectiva, me digo, sin claudicar en la idea de que ese excesivo protagonismo e incluso intrusismo de los periodistas a secas, parece no perturbar lo suficiente como para que sea motivo, al menos, de debate.

Después de todo no hubo posiblemente nunca una época en la que los intelectuales, hijos de la duda y de la insatisfacción, hayan resultado gratos al poder. Puede llegar a resultar más cómodo que el mundo se llene de opiniones de todologos que no dejarán huella y que se amoldan y colaboran con esa conspiración contra la inteligencia. Pero esta es harina de otro costal.

Lunes, 03 de Julio de 2006 16:35 Autor: cecilia06. #. No hay comentarios. Comentar.

21/07/2006

LAS DOS ORILLAS . Cecilia Ramis

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 TORMENTOS  (Fragmento)

¿Soy demasiado consciente de la realidad, y los demás viven en un sueño de idiotas del que no quieren despertar (cosa que no les reprocho), o soy yo el estúpido que cree ver demasiado,sin ver nada?.
Sea cual sea la respuesta, puedo decir que nunca he pedido estar aquí y aún estando aquí, sólo pienso en cómo salir, sin hacer ruido, sin que se note mi ausencia, como si nunca hubiera estado.
Y de esa manera, sentir la ilusión de no haber existido nunca.

Silogismo de la amargura. Emile Ciorán.    

EVOCANDO A CIORÁN 

Hay días en los que el bombardeo de los medios de comunicación, con su cacofonía demencial, parece como si nos hablara de extrañas confabulaciones que dan lugar a todo tipo de especulaciones  a las que no le faltan contenidos teológicos o metafísicos. El Líbano vuelve a arder bajo la implacable ira de un Israel herido y un Irán que, junto con otros países del mediano oriente, buscan su recolocación en el equilibrio extraño y paradójico que algunos llaman geopolítica. Pero al mismo tiempo los nicaragüenses se pelean con los ticos, acusándose como los haitianos acusan a los dominicanos, asustados por la avalancha de una inmigración que resulta imparable en todas partes del mundo, de una parte de la humanidad cansada de aguantar la exclusión. Mientras, los salvadoreños amagan viejos hábitos que despiertan fantasmas de sangre y odio. Irak arde, igual que el Líbano, ante la torpe, por no decir estúpida, política exterior del ciudadano Bush. Los franceses están hartos, y al mismo tiempo los jóvenes de los barrios marginales hacen arden los tugurios en los que crece el veneno del resentimiento social de los barrios periféricos de París, el caldo de cultivo de la violencia. 

¿Qué está pasando en el mundo? digo sin evitar una especie de susto que sabe a apocalipsis, a trompetas que tocan los siete jinetes, a relinchar de caballos de arcángeles malditos, a Nostradamus, a todas esas historias aterradoras que la humanidad se ha desde contado siempre y de mil modos y que hablan de su final, de su autoexterminio. 

En una tertulia apasionada en casa de una viaja amiga, al calor del vino tinto manchego y del penetrante sabor de sus quesos, alguien preguntó qué podíamos hacer. Se refería, claro, a aquellos que sin formar ninguna agrupación sabemos que tenemos una forma compartida de ver el mundo y de vivir en él. Valores que parecen nostalgias o reliquias inútiles en un mundo desesperado y con prisas. 

Tras mi acostumbrado soliloquio sobre la postmodernidad y las consecuencias de la destrucción de todo un sistema de valores, al que no acabamos de verle reemplazo, aunque lo haya, respondí desde mi acostumbrado escepticismo. Nada, le dije, creo que es tarde, me temo. Sabiendo que se trataba de un elegante ejercicio de la impotencia. 

Todo tiene sabor a final algunas veces, sobretodo cuando se abren los periódicos o se enciende el televisor y todo es odio. La sociedad reproduce su violencia, bajo sordina, a través de la calumnia, el chisme, la trampa, la insinceridad, la insensatez, la carroñería en la que se convierte la relación con el otro, nuestro rival inevitable en una huida hacia ninguna parte. 

Es inevitable evocar a Ciorán, maldecir la obra de descontrucción que empezó con Nietzche y que acabó con todo asomo de certeza.  Filósofos que otrora fueran malditos y que ahora parecen resurgir con aires de profetas. La lucidez siempre acaba haciendo daño. Darnos cuenta de la exterminación de que todo lo que nos permitió edificar aquella civilización que nos contaron que algún día alcanzaríamos y que la publicidad barata del neoliberalismo nos la hizo creer a mediados de los noventa, la época rosa, la época de Clinton, se ha evaporado como en un trupo de magia.  Esto, más que una ironía parece una broma pesada de Dios. ¡Puede haber un espectáculo más cruel, más dramático y al mismo tiempo más patético!. El proyecto del superhombre, que a su modo edificó la sociedad moderna, la promesa de los liberales, la idea de que el ser humano podía reconstruirse desde lo social para ser mejor, parece haber muerto.

 No me gusta nada de lo que veo y leo y siento la aspereza de la relación con el otro, cada vez más amenazante por impredecible. Se nos mueven los valores, se nos cambian los hábitos, vivimos el peso de un sistema que ha dejado de prometer el bienestar para pasar a tutelar a unos ciudadanos que son tratados como niños al que hay que castigar y hacerlos que aprendan a comportarse.  Escribo en medio de ese barril sin fondo que es el ciberespacio, en el que todos estamos y todos somos ignorados. La atmósfera se carga de repente de un sopor que sabe a Cioran, a sus momentos amargos, a la desolación de un Pessoa siempre travestido, siempre otro, en su Libro del Desasosiego.

Tiene aire a tragedia griega, a profunda melancolía a la que es difícil sacarle resplandor estético. Ha muerto la ingenuidad, quise decirle a mi amiga. Es el tiempo del espectáculo, contestó ella, leyendo luego fragmentos de Guy Devorad. ¿Por qué al mismo tiempo que siento esto que digo, hay una parte de mí que parece impenetrable e incrédula? Nos han convertido la realidad en un espectáculo y quizás por ello se me haga ahora tan difícil distinguirla.

 

Viernes, 21 de Julio de 2006 18:22 Autor: cecilia06. #. No hay comentarios. Comentar.


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