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08/05/2006
CRITICA LITERARIA: El efecto poético de Anne Michaels.
Por Cecilia Ramis
De lo concreto a lo abstracto, de lo dilatado y descrito al símbolo. De lo que existe palpable y material a lo que no podemos nombrar, por su naturaleza escurridiza, sino a través de las cosas tangibles, Anne Michaels va creado el escenario de su mundo poético en los libros El peso de las naranjas y Miner’s Pond, impecablemente traducidos por el asturiano Jaime Priede y que publicó la editorial española Bartleby Editores. Pieza a pieza se nos desvela, en una comunión íntima en la que poesía y narrativa son las dos caras de la misma moneda, efectos o artilugios que lo mágico, que lo trascendente escoge para durar, para que no sea finito lo que duele o esplende, para que la memoria no esconda su rastro luminoso, para poder reconstruir lo que vamos siendo, para no perder la sensación de que, aunque sea por un segundo, la duración fugaz acaso de una metáfora, se vuelva aprehensible lo que fluye sin retorno.
Cada decir, que no es otra cosa que cada sentir, elige su ropaje para delatar así al autor, su emocionalidad, sus ideas, sus obsesiones, sus dolores, sus quejas, sus ausencias, sus nostalgias, su ser más hondo, y quizás por eso más temido. Esta escritora canadiense, nacida en 1958, hace uso, sin remilgos, de todo aquello que pueda servir para desatar lo que quiere dejarnos dicho. Diario, autobiografía, a veces postal, epístola, monólogo, fotografía borrosa, imagen lenta que desprenden en ocasiones los caminos y las carreteras en su adiós, cuento, fábula, poesía sin más. Todo vale, nada está prohibido ni limitado. El poema, en su estructura misteriosa, aquella que se conoce cuando está escrito y que apenas se intuye o se sospecha o se padece cuando está en gestación, es el que va limitando lo que cabe o no, lo que admite o no su musicalidad, su cadencia, su conjunto. Esa parece ser la única ley que decanta el uso de un artilugio técnico o de otro. Mucho se ha dicho del uso recurrente que El peso de las naranjas & Miner’s Pond hacen de la narrativa, como si con ello estuviéramos menoscabando el valor poético que encarnan. Disiento de ello, como suelo hacerlo con todo lo que atente contra la libertad del arte, porque estas observaciones resultan implícitamente restrictivas, además de retrógradas. Hay, sin duda, una relación del lenguaje con la realidad fenoménica, lo que quizás explique el uso de lo narrativo, la preferencia del símil en vez de la metáfora, pero se trata de un recurso más, de los tantos que usa la autora, para alcanzar el hecho poético. Porque aquí, como en toda obra literaria que se precie de tal, lo que cuenta, al fin y al cabo, es la armonía que se crea entre la técnica y la naturaleza de lo contado o dicho. No otra regla ampara las obras que perduran en el tiempo y que, aún con sus imperfecciones técnicas, logran ese equilibrio indispensable que es el que, al final, hace creíble, y por tanto vivible, lo escrito. Sin el pudor frecuente en la lírica, aquel que esconde el trazo de la biografía del autor, que se enmascara y esconde en versos, Anne Michaels nos entra en su ámbito doméstico, íntimo. Nos sienta en su mesa, nos pasea por sus atardeceres, sus seres queridos, con sus nombres y apodos, sus pertenencias, sus estados anímicos, sus recuerdos... y ya instalados allí, a veces sin que se nos niegue ningún detalle, descubrimos que hemos entrado para ser participes de la ceremonia de la palabra, durante la cual un universo distinto brota con su melodía profunda y a veces lacerada, pero siempre sutil, en aquello que, a la inversa de cierta lírica, exhibe su escenario real para enseñarnos el otro, el verdadero, aquel en el que todo cobra una inusitada luminosidad y se hace nuestro. Decía Borges que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos, y Anne Michaels, pese a esos detalles, o quizás gracias a ellos, logra no solamente incluirnos en ese mundo sino hacérnoslo sentir nuestro. Cierto aire del J. L. Borges de Fervor de Buenos Aires o de W. Whitman, y de cierta poesía que suele ser más frecuente en lengua inglesa, se deja sentir cuando los lugares, las personas y los instantes toman la palabra y nos cuentan su sentir. Y hay también la contundencia de lo absoluto, de las afirmaciones que por tajantes alumbran un aspecto inusitado, como en aquellos versos que dicen: todo el mundo sabe que las promesas surgen del miedo o en aquel otro empecé de nuevo: donde todo empieza/en el cuerpo. Versos que reflejan que si la autora prescinde, en la mayor parte de sus poemas, de la concisión usual de la poesía, no es por carecer de recursos, ni por desconfianza de la palabra poética, sino por pura elección. Aunque, a decir verdad, no sé si al escribir somos nosotros los que elegimos o es acaso aquello que se pretende decir lo que acaba imponiendo su orden y su ley. Otros poemas utilizan el símil para otorgar otro sentido a lo que se nombra, para mostrar la vida emocional, los significados, que existen en las cosas en cuanto la mirada humana las transforman. Como en aquellos versos, de encantadora y mágica sutileza visual, que dicen Noviembre, estación de días que se quedan a medias, se desliza bajo la puerta como un sobre. El lenguaje nombra lo real para volvérnoslo cercano y reconocible. Cabe suponer que aquello que subvierta su estructura y sus normas cambia también la realidad que nombra. La poesía, que es el viaje hacia la libertad que hace la palabra en busca de su mayor trasparencia y exactitud, es por tanto una revolución, en cuanto se revela ante la lógica del mundo, para desvelar, o desenterrar quizás, los tantos otros mundos posibles que cada cual, poeta y lector, lleva dentro. En línea con lo afirmado, los poemas de Anne Michaels crean otra realidad distinta de la que parten, trascienden, pues, los objetos y situaciones que nombran, hacen el viejo viaje que siempre hizo la poesía: alumbrar de otra forma lo conocido, enseñar los rincones inadvertidos del alma, acercar los opuestos, hacernos alcanzar lo imposible. Poco importa si la ruta ha sido corta o larga, lo primordial es alcanzar o lograr eso que llamaremos aquí “efecto poético”, gracias al cual la vida muestra su revés, su través y su envés. Ese milagro que el lenguaje alcanza en cada poema de Anne Michaels.
DOS POEMAS DE ANNE MICHAEL *
MUJERES EN LA PLAYA
DOS POEMAS DE ANNE MICHAELS*

MUJERES EN LA PLAYA
La luz escoge velas blancas, los vientres de las gaviotas.
En una barca a lo lejos alguien viste una camisa roja,
Herida diminuta bajo la palidez del cielo.
Vuestras tres siluetas delimitan la curvatura de la playa,
Jerseys rosas y marrones, piernas desnudas.
La playa brilla granulosa bajo la tensión cobriza del sol,
El aire adquiere el color de las mandarinas.
Una de vosotras duerme, el dedo del viento
Un zarcillo en la mejilla.
La noche exhala su aliento largamente retenido.
Las estrellas lo perforan.
En el crepúsculo sois como una pequeña y cálida pila, una
[ especie de musgo.
Bajo la luz de la luna, un canto ovalado.
Del poema “Un peso de años”
2
Viejo cristal que hace oscilar el camino, los garajes rojos.
Noviembre, estación de días que se quedan a medias,
se desliza bajo la puerta como un sobre.
Suelos fríos.
Un árbol negro con las ramas enmarañadas esculpe figuras
[en el cielo blanco,
le da un aire misterioso al granero cuando se repliega
bajo una línea de pájaros
unidos en ritmo e intención,
una fecha negra apuntando al sur.
La casa se repliega bajo sus chillidos agudos,
Un tejado rojo entre ramas medio deshojadas, una trenza de
[humo.
De pronto, sólo humo.
La luz del día marchita el color oxidado de la fruta cortada.
Las hojas empiezan a mover sus muñecas secas.
* El peso de las naranjas & Miner`s pond. Bartleby Editores, Madrid, 2001.
11/05/2006
ALGO QUE DECIR

Subo al lomo de la polémica, que igual sin quererlo, logra desatar, en aquel que se detenga, el último artículo aparecido en la columna semanal de la escritora dominicana y periodista Patricia Mora (clavedigital.com.), "Escritores, a ponerse las pilas" , y su propuesta entusiasta a los escritores, su deseo de que cese el acartonamiento y luche por su auditorio, por atraer a un público postmoderno más proclive a la imagen que a la palabra impresa. Patricia Mora asume la idea de que el rezago de la literatura, su suicida insumición ante el desafío impositivo de la tecnología, es la culpable de su perdida de audiencia.
Patricia Mora habla instalada en la postmodernidad y viendo en ella su parte positiva, que es la mejor forma de poder seguir adelante. Sin embargo, no creo que la solemnidad, el cuidado y dominio, e incluso la subversión consciente, de la lengua, deban estar divorciados de un intento de acercar al arte a las masas. El arte es algo para compartirse, y sin embargo hay obras determinantes de una época, que han pasado desapercibidas para el gran público, lo que equivale a admitir que el torrente del arte no deja de fluir, aun cuando sean meandros subterraneos y anónimos.
Pero Patricia Mora no plantea la frivolización de la literatura, plantea más bien un asunto ético, la tan discutida función social del escritor y de los intelectuales en su conjunto. Ante la incultura exhibida sin pudor e, incluso, con arrogancia, de las nuevas generaciones, propone la necesidad de un esfuerzo, de desengolar las maneras, y no el fondo sustancial, y apelar a fórmulas que resulten más cercanas a esa juventud tan desasistida espiritual e intelectualmente.
Sin desestimar sus argumentos, quiero añadir al debate que pretendo terminar de dejar servido, un argumento más. Creo que una de las razones que han producido ese alejamiento de los lectores, esa falta de imagenes de adolescentes caminando con un libro bajo el brazo, o perplejos en los bancos universitarios leyendolo absorto, es el paroxismo editorial y la necesidad imperiosa que tiene el escritor de vivir de su oficio. A mi al menos me espanta esa infinia hileras de titulos de libros y nombres de escritores que abarrotan las librerías, que anuncian y promueven (rara vez critican) los suplementos culturales, que producen una especie de mareo, de nausea. Es como asistir a un mercadillo de baratijas, en cuyas rumbas se hace dificil encontrar una prenda que merezca la pena y se distinga de las demás.
No me refiero a que espere la añorada vanguardia, que tanto esperan los apegados a la modernidad y su ideal de progreso, sino a encontrar al menos un libro en el que se note que hay algo que decir, no necesariamente algo nuevo que decir, sino dicho de nuevo, que es como decir, de otra manera. Muchos escritores escriben cuando no tienen algo que decir, dudo mucho que ello ayude a mejorar el arte. Estoy harta de textos correctos en las formas y huecos por dentro, personajes acartonados de vidas resecas, patéticos soliloquios en los que no reluce nada. Se confunden de ese modo el escritor de oficio y el artista. Pues aunque el segundo no exista sin el primero, no cabe duda de que tantos escritores gramaticalmente correctos, pero de historias que resultan bien escritas pero instrascendentes, acaban degradando un oficio que pocas luces va aportado.
La literatura, y cualquier forma de creación artística, subsiste, a mi entender, gracias a la necesidad del artista de transmitir su asombro. Dudo mucho que este influjo que debe de traducirse en hallazgo estético, pueda imponerse desde el laboratorio de una laptop. Ese dardo que se clava en la hondura de las obsesiones que imponen al artista la ineludible necesidad de decirlo, de contarlo, de fundarlo, siempre he creido que surge desde dentro, de aquellos que los románticos llamaban sensibilidad y que acabó completando la otra cara de la luna. Pienso, sin discrepar con Patricia Mora, que cuando se fracasa en la divulgación del arte es que no se ha sido capaz de transferir al potencial lector justamente eso tan indefinible como el asombro, aquello que reluce y trasciende y devuelve al ser humano una sensación de sentido. No creo que ese cambio al que aspira la columnista dominicana, tenga que imponerse a la obra en sí, hablamos quizás de la forma de divulgarla.
Pero, perdonenme si insisto, no estaría de más quitar las baradijas en ese afan de divulgar, y promover aquello que logre amparar al lector de esta apabullante sensación, tan postmoderna por demás, de instrascendencia y cacofonía.


